Privacidad y Datos Personales

El derecho a la protección de datos siempre se ha pensado como un impedimento al derecho a la información, es decir, un derecho ligado a la transparencia en tanto uno es contrario al otro. Parte de la idea de que ningún derecho es absoluto, todos, sin excepción, se pueden ejercer hasta que alcanzan al derecho de los demás. Así, puede ejercerse el derecho a saber hasta el punto en que pudiera conocer de la vida de alguien más.

La idea anterior se basa en la ponderación de derechos. Aunque ello ha quedado rebasado desde el punto de vista de los defensores de derechos humanos. Cierto es que un derecho llega hasta que puede afectar el derecho de alguien más. Pero ningún derecho es ponderado, pues, ninguno está por encima del otro.

Entonces, el derecho a la protección de datos personales difiere tanto del derecho a saber como el primero del derecho a la privacidad. Se tiene derecho a tener una vida privada, alejada de la vista de los demás, tanto como se tiene derecho de proteger los datos personales. En ambos casos se ejerce lo que se conoce como autodeterminación informativa, que no es otra cosa que decidir, personalmente, a quién se le proporcionan los datos personales o partes de la vida privada (la privacidad entendida como aquello que se puede ocultar a los demás).

Un ejemplo claro de lo anterior se da en la cotidianidad. Una persona que conoce a otra no comienza un conversación con la última enfermedad que le acaeció y cómo se curó. Tampoco le cuenta cómo le fue en su última relación. Menos aún cómo duerme, si ronca, en fin. Todo ello se reserva y se guarda hasta que llega el momento oportuno o las circunstancias son las propicias.

Lo mismo sucede con los datos personales (cabe aclarar que un dato personal se define como todo aquello que puede identificar o hacer identificable a una persona). Nadie comienza a decir fui a la escuela tal y mis calificaciones eran tales. La dirección del trabajo y el tipo de sangre. Las fobias. Y un muy largo etcétera. También es información que se guarda para ponerla a disposición de las personas correctas, un médico, por ejemplo.

Pues bien. La diferencia entre un dato personal y la privacidad radica en que lo uno me puede identificar y lo otro me hace ser quien soy. Baste un par ejemplo para ello. La religión puede hacer a una persona identificable por sí sola, claro, siempre y cuando no sea común, o sea un grupo reducido de personas quienes la ejercen. Pero pongamos el caso de que esa persona es la única que tiene esa religión de entre un grupo de personas. Ese solo dato, de conocerse, haría a la persona totalmente identificable así sea que nunca se diga su nombre o algún rasgo físico de la misma. Por otro lado, la forma en la que profesa esa religión es parte de su vida privada. Tal vez lo único que hace de diferente es saludar al sol en las mañanas o hacer una reverencia cada vez que sopla el aire. Ahora bien, aquí viene el detalle. ¿Se convierte en un dato personal el saludo al sol o la reverencia? Por supuesto que sí. Si nadie más lo hace. Por lo que es fácil confundir o mezclar ambos derechos.

Otra forma de acercarse a poder diferenciar lo uno de lo otro es el teléfono. El número telefónico es un dato personal, no así las conversaciones que se llevan a cabo. Lo primero nos hace identificables pues cada uno tiene un número, lo segundo es parte de la vida privada que puede o no contener datos personales.

Se puede observar que no es fácil hacer la diferencia de entre lo privado y lo que puede identificar a una persona, pues incluso la conversación que se lleve en el teléfono puede estar plagada de datos personales, tener aspectos que hagan identificable a una persona de entre muchas otras. Claro está, una vez que un tercero no autorizado se inmiscuye en la conversación viola ambos derechos.

A nivel internacional, lo que más preocupa es la protección de la privacidad y no la protección de datos, precisamente porque la autodeterminación informativa permite a las personas ejercer otros derechos que le ayudan a tener más control sobre sus datos personales.

A diferencia de nuestro país donde la privacidad o los datos personales son menospreciados. Bastaría con ver que en las épocas electorales, la entrega de cualquier cosa (compra de voto, reparto de despensas, útiles escolares y hasta llaveros y plumas) conlleva la entrega, así sea en copia, de la credencial para votar con fotografía, sin reparar ni por un segundo la enorme cantidad de datos personales que ahí se encuentran.

Fomentar una cultura de la protección de datos personales y de la privacidad será una tarea ardua y siempre inacabada. Se puede comenzar con explicar que el sistema económico actual, el neoliberalismo, nos considera un medio, no un fin como lo pretenden los derechos humanos. Así, nos hemos convertido en una mercancía más y nuestros datos personales en la moneda de cambio. Cuidarlos será una tarea de cada uno, pero primero debemos darle un valor real tanto a la privacidad como a los datos personales para que no sean simples de conseguir y de utilizar.

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