Plumas que razgan el silencio

Se fueron juntos, dos grandes del periodismo nacional, Jaime Avilés y Eduardo del Río (Rius), sus plumas rebeldes y contestatarias forjaron toda una época en la que hacer periodismo era cosa seria, era jugarse el pellejo con cada crítica a un sistema que tira zarpazos mientras agoniza.

Recuerdo a un Rius, tirado sin camisa sobre el techo de un camión de turismo, en pleno corazón de la Selva Lacandona, tomando el sol de manera socarrona mientras esperaba el avance de la interminable caravana que era inspeccionada con minuciosidad por soldados zapatistas,  para luego continuar su viaje hasta el famoso Aguascalientes,  punto de encuentro de la Convención Nacional Democrática.

“Esos del techo bájense e identifiquense”, gritaba el miliciano zapatista mientras se asomaba por el quema cocos del camión por donde habían salido los aventureros.  “Eduardo del Río para servirle” declaró con un gesto de asombro el caricaturista mientras observaba a su interlocutor, al tiempo que terminaba de salir de ese reducido hueco como si de un alumbramiento se tratara. Quizá todos en aquél lugar éramos parte de un gran alumbramiento colectivo de la historia.

Mientras revisaban nuestras mochilas, observé a lo lejos una figura conocida, un personaje un poco amodorrado por el calor y la pesadumbre del largo y agitado viaje. El escritor Carlos Monsiváis avanzaba a paso lento sosteniendo una gruesa vara que al mismo tiempo le servía de bastón.

La selva estaba de manteles largos,  sin duda alguna,  por sus entrañas viajaba una caravana de locos soñadores que imaginaban con sus voces y sus plumas abrir el vientre del sistema para dar paso al nacimiento de una nueva era.

En el gran barco zapatista nos encontramos al buen Jaime, distraído observaba los límites del gran anfiteatro construido de madera por un puñado de milicianos, entre dos grandes cerros cruzados por un río.  Por la noche una fuerte tormenta trajo el caos y un torrente de agua anegó el escenario al punto de la zozobra, caminamos por un rato buscando un lugar seguro para guarecernos. Al final encontramos cobijo bajo una techumbre donde un grupo de personas repartían café y cantaban canciones de la revolución. Todos reímos, estábamos en el lugar menos pensable con personas poco probables y con un solo fin, romper el silencio,  transgredir  la invisibilidad.

Ahora sé que  se fueron en el umbral del cambio que tanto desearon, la bestia está herida de muerte, la noche está  clareando y en el horizonte se dibujan dos siluetas tambaleantes que se pierden en la neblina, sólo sus risas se escuchan, saben que han triunfado.

En memoria de dos grandes, Jaime Avilés y Eduardo del Río.  En paz descansen.

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