Ollin

A las 7:19 de la mañana, como cada 19 de septiembre desde hace 31 años se comenzaba con los honores a la bandera. Como siempre, desde ese entonces, los funcionarios hacen gala de un evento que fue catastrófico para miles de personas. Como siempre y desde ese entonces, nos seguimos preguntando cuántas vidas se perdieron. Como siempre, no lo sabemos. Pero sabemos que ellos hacen honores a la bandera.

A las 11 de la mañana del mismo 19 de septiembre, asistimos al simulacro que cada año se habilita para no olvidar. Como siempre, eso si, nos preparamos. Nos dividimos tareas. Escogemos a quienes cuidaran de nosotros. Se alistan los monitores. Se preparan quienes cuidarán el orden. Se reparten chalecos. Se dan indicaciones. Como siempre suena la alerta sísmica, que por cierto había sonado en la noche del 6 de septiembre, poco tiempo antes de la madrugada del 7, aunque como siempre, no en todos los lugares. Afortunados nos sentíamos que un enorme terremoto, poco más poderoso que el de aquel de hace 32 años, azotara la capital del país con toda su fuerza. No fueron tan afortunados nuestros hermanos de Chiapas y Guerrero.

Como siempre, entre risas y cordialidad hicimos lo que hacemos cada vez que estamos en un simulacro. Todo en orden. Todo bien. En las calles la gente platica y comenta. Los alumnos de las escuelas ríen y se abrazan. En los edificios públicos se siente cordialidad en lo que terminan las supuestas labores de detección de daños en los edificios. En las oficinas, también. Casi natural. Hemos vivido otras alertas sísmicas y seguimos aquí.

Llega la hora de regresar a las labores. Todos felices y relajados. Por fin algo que rompe la rutina diaria. Las risas y las pláticas de todo tipo se intensifican conforme cada uno se reintegra a sus labores. Como siempre, no falta el que haga la broma de decir a voz en cuello algo como: ¿y esto cómo para qué?

Todos se instalan de nuevo en sus asientos. Los alumnos atienden a sus maestros. En las oficinas regresan a sus oficios. La gente con la cara en la computadora. Los de siempre vuelven a ir de un lado al otro con papeles en la mano. Otros tantos no regresan de inmediato. Pero solo era un simulacro. Muchas amas de casa y otros en otros tantos lugares ni siquiera salieron. No se hace un simulacro para salir de casa. Eso que lo hagan los demás.

Exactamente a la 1 con 14 minutos y 40 segundos del mismo 19 de septiembre, igual que hace 32 años, la tierra nos recordó que se mueve. Algunos dicen que la tierra tiene memoria. Igual el agua. No se terminaba de hablar de las inundaciones que afectaron la capital del país y muchos decían que el agua tiene memoria. Vivimos en un lago. Eso el agua no lo olvida. La tierra tampoco. Los pobladores originales le llamaban ollin, que significa movimiento. Y ollin llegó de nuevo.

Como siempre, ollin nos recordó que la tierra se mueve. Nos recordó que somos frágiles. Lo peor es que nos recordó que olvidamos fácilmente. Lo habíamos sentido. Ollin una y otra vez nos recordó que sigue vivo. Hubo un tiempo que parecía temporada de temblores. Al menos una vez cada par de meses sentimos un poco su poder. Ahora a raíz del recuerdo, justo en la conmemoración, justo cuando recordamos que no sabemos a cuántos de nuestros hermanos perdimos en ese trágico 19 de septiembre de 1985, como siempre, ollin nos recordó. El problema mayor llegó cuando nos dimos cuenta que los simulacros se vienen abajo cuando los pies sienten que el suelo se mueve. terrible escuchar que personas se quedaron paralizadas en su lugar. Más horrible saber que dos horas atrás sabíamos lo que teníamos que hacer y no supimos.

Igual que hace 32 años, la gente fue la primera en estar ahí. Se hicieron dueñas de las calles en pocos minutos. Las brigadas se veían venir cuando algunos no nos recuperábamos del susto. Los y las jóvenes tomaron las calles. Lo primero fue levantar piedras. Lo segundo, escuchar a la tierra. Ahí donde se escuchaban voces, ahí rascaban. Con sus propias uñas removían los escombros. Muebles y pedazos de muros eran removidos por cadenas humanas que parecían no tener fin.

Poco a poco los sobrevivientes comenzaron a salir. Como siempre, las historias de terror no tardaron en aparecer. Las historias de angustia. Las historias de desencanto. Las historias más tristes. También las historias de reencuentros. La solidaridad se notó en todo rincón. Primero las personas. Después los perros y los gatos. Para nadie era importante si tenía dos pies o cuatro patas, lo importante era salvar una vida. Vítores de alegría con cada vida salvada. Tristeza y mayor ahínco, con cada pérdida. Al menos la lluvia no llegó ese día. Como siempre, la gente se hace cargo de todo. Ya después llegará lo demás.

Cuando Tlaloc se hizo presente, por la tarde del día 20 de septiembre, ya la ciudad estaba tomada. Las muestras de apoyo se desbordaban. Alcanzaba para comenzar a mandar ayuda a otras ciudades, a otros pueblos. Otras calles recibieron la ayuda. No faltaron los vivales, como siempre. Algunos que aprovechando la tragedia hicieron su agosto en pleno septiembre. Los más estaban preocupados por salvar lo que se pueda salvar. Los menos estaban preocupados por salir en la foto, peinados o no. Todos con la mira puesta al suelo. Todos ayudando. Todos cansados conforme pasó el tiempo. Hasta relevos se hicieron. Así nuestra gente. Así nuestro pueblo.

Sirva este pequeño relato para agradecer a todos aquellos anónimos, hombres y mujeres, casi siempre muy jóvenes, que se volcaron a la calle y que nos recordaron que la solidaridad no se olvida. También la gente, como el agua y la tierra, tienen memoria. ¡Qué vivan!

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  1. Eugenio Franco dice:

    Filipo, me gustó tu crónica. siempre la realidad superará los simulacros. la gente se desordenará porque aflora el instinto de supervivencia. las escaleras en Meoaya se atiborraron. tuve que quedarme parado hasta que terminaron de bajar los demás.

    1. Y así hay y debe haber historias por todos lados, el problema real es que dos horas antes acababamos de pasar por un simulacro y parece que no pasó nada.

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