Nuestra negra felicidad

Por: La Dolce Vita

El término “crisis” no es indiferente para las generaciones nacidas a finales del decenio de 1970 y principios de 1980, ya que hemos presenciado la mayoría de ellas. Iniciemos con 1976, desencadenada por el aumento en la deuda externa; 1982, ocasionada principalmente por el sobre endeudamiento y  la reducción de los ingresos petroleros; 1987, surgida a partir la explosión inflacionaria; 1994, explicada por lo político y lo económico, factores como el levantamiento del EZLN y al asesinato de Colosio, fueron eventos que a su vez agravaron el ambiente de incertidumbre provocado por los factores económicos, este año fue colapsado por el “error de diciembre” (algo así como el traspié de Dyatlov en Chernobyl, pero en términos de ajustes peso-dólar), llamado así por el efecto en la fuga de capitales que provocó la paridad cambiaria además de la caída de la bolsa y la pérdida de reservas  internacionales; 2001, los efectos negativos de la globalización trajeron consigo inestabilidad del sistema financiero internacional, disminución del volumen del comercio y por lo tanto la contracción en la producción, todo lo anterior a nivel internacional, finalmente en 2009, la crisis del empleo, de acuerdo a la Organización Mundial del Comercio  en ese año se perdieron 50 millones de empleos en el mundo, en nuestro  país la cifra ascendió a más de un millón, al igual que en 1994 los factores no fueron puramente económicos, como recordaremos el virus AH1N1 propició una coyuntura económica.

Así, de manera muy breve podemos darnos cuenta, que a medida que avanzó la globalización es decir, que las economías de los países fueron más dependientes unas de otras, la sensibilidad ante un desajuste económico es más intensa, también podemos precisar que la sensibilidad aumenta cuando el país presenta debilidades dentro de su estructura económica; es decir no cuenta con políticas económicas eficientes, haciendo el símil –edificios fuertes, resisten sismos fuertes-, lo mismo pasa con los países.

Hoy, como ya es de conocimiento general, el mundo presenta la mayor crisis económica del siglo XXI, todos los países se enfrentan a un mismo factor ajeno a sus propios procesos económicos: la misma pandemia que afecta a todos. Sin embargo, aunque existen diferencias en los días que cada país lleva en cuarentena o las medidas sanitarias que ejecuta al respecto, el resurgimiento de sus economías dependerá de las fortalezas estructurales de cada país, es decir naciones prosperas y estables como China, Estados Unidos y Alemania reiniciarán sus actividades económicas de forma eficiente, haciendo funcionar el engranaje de su sistema productivo más rápidamente, a comparación de los países en desarrollo. Después de este sobre salto mundial, la brecha económica entre países ricos y países pobres afectados por la pandemia COVID-19 será aún mayor.

Para el caso de México, el tiempo y el manera que superaremos la crisis, será crucial y pasará a la historia, porque no dependerá del esfuerzo de cada uno de nosotros, expuesto de manera romántica como “el echarle ganas”, no será así sin hacer consciencia de que somos parte de un mecanismo, donde todos los elementos son imprescindibles, no saldremos adelante, sino nos percibimos como un todo, haciéndonos conscientes que las decisiones de un sector afectarán a los demás. Aunque la palabra “crisis” retumba en el consiente colectivo de los mexicanos, esta vez será diferente.

 

 

Imagen: emol.com

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