Nadie lo vio venir

Un relato de lo que no debe pasar

Nunca nadie se hubiera imaginado, vaya, jamás lo vimos venir. Fueron seis años de batallas y dimes y diretes. Todos juntos, como si de una unidad de los ejércitos de antes se abalanzaran sobre todo aquel que se atreviera o al menos tuviera un atisbo de decir que las cosas no iban bien.

Cada año, se notaba, al menos se sentía, se sumaban más y más soldados a la lucha. Las redes sociales crecieron cuando las herramientas para poderlas usar se multiplicaron por todo el país. Muchos fueron los que entendieron el mensaje a la primera. Muchos años nos hicieron, pero más que eso, nos deshicieron y nos desunieron. Nos trataron peor que simple cifras y esas cosas no se olvidan.  Ese era nuestro mensaje y lo repetimos tantas veces que pensamos que así seguiría.

Los pobres primero, siempre fue un buen grito de batalla. Otras voces se unieron y clamaron por más derechos. Por las mujeres, salieron, pintaron y gritaron. Bueno, nos dijimos, las mujeres pobres primero. Luego llegaron los estudiantes, marcharon y reclamaron su lugar. Muy bien, no faltaba más, pero primero los estudiantes pobres. Y, así, de la mano uno a uno nos reclamaron su lugar y siempre se los dimos. Por eso nadie lo vio llegar, nadie lo vio venir.

Desde los lugares más oscuros y siniestros nos dijeron que todo estaba mal. Nosotros, absortos en nuestra lucha individual no lo vimos llegar. Las noticias eran cada vez peores y menos objetivas, es cierto, todos los días teníamos que salir a desmentir todo. Si una cosa estaba fuera de contexto, se expresaba y se corregía. Si un video no era el bueno, de inmediato se convertía en noticia. Cada cosa que nos hacían era en verdad nefasta. Cada grito de sorna era acallado. Cada llamado desesperado por volver a los tiempos de antes era silenciado ante la abrumadora realidad que ya había cambiado.

Nos volvimos muy buenos. Las noticias falsas eran detectadas en el mismo instante que eran pensadas. En tan solo tres años solo podían sobrevivir las mentiras unos pocos minutos y eso si eran muy buenas. Caray, sí que éramos buenos. Nos dedicamos a desmentir todo. El arsenal de ellos era inagotable, pero la verdad siempre debería salir a flote y nosotros debimos mantenerla así. Talvez nos creíamos tan buenos, que nunca lo vimos venir y, bueno, no lo éramos, solo creímos serlo.

Las campañas comenzaron como siempre. Los partidos escogieron a sus candidatos. Habíamos tenido éxito y desaparecimos al PRI y casi acabamos con el PAN. Hacía tres años de ese gran triunfo. Quizá también eso hizo que nos sintiéramos muy buenos y quizá por eso no lo vimos venir. La lucha que se hizo por evitar el regreso, de eso hace tres años, de quienes nos habían dejado como simples cifras, fue un éxito. Lo fue. Por es que nadie supimos cómo es que llegó y se quedó aquí.

En las calles, nunca faltaron los oradores. Había algunos muy buenos. En ciertas plazas y en ciertos parques, siempre escuchamos a aquellos que quisieron levantar la voz y educar y concientizar a aquellos que prestaran oídos a lo que teníamos que decir. Claro, nunca faltaron los que, al ver lo que hacíamos, se inconformaban y nos gritaban. Alguna vez, de entre el tumulto, lo recuerdo, el orador y yo tuvimos que salir casi huyendo. Entre los que apoyaban y los que no nos querían había casi un empate. Nosotros nunca fuimos partícipes de la violencia o siquiera nos atrevíamos a levantar el dedo con ira. No, éramos diferentes. Por eso fue mejor huir y poder hablar otro día. Pero solo fueron dos, quizá tres veces en seis años. Nos sentíamos ganadores.

La lucha en el terreno, siempre la creímos nuestra. Pero la realidad llegó a nuestra puerta. Hoy es primero de octubre y el ejército está en muchas puertas. No hay orden de nada. Simplemente salga con los brazos arriba. Dos o tres camionetas siempre están a la entrada. Muchos soldados, todos con sus enormes bayonetas apuntando, en silencio y en formación, nos siguen, siempre nos están viendo a los ojos, a las manos y a la cabeza. Las mismas cabezas de los que siempre luchamos.

Aquí en la ciudad se suponía que todo sería diferente, que el gobierno nos ayudaría. Pero ni el gobierno sobrevivió. En ningún lado sobrevivió. Nos proscribieron a todos. La persecución se fue sobre todos nosotros. En el gobierno, en las calles y cualquier parte donde nos podrían encontrar nos buscaron. Nos quieren encarcelar, nos quieren callar y parece que lo van a lograr.

Algunos, los más jóvenes, ya se han ido a la sierra, a los montes, a las comunidades. Dicen que desde allí seguirán la lucha. Que cambiamos muchas mentes. Que hicimos corazones más ardientes y más consientes. Pero muchos han terminado sus días en dios sabe dónde. Otros tantos, en juicios sumarios, han perdido la libertad. Muchos, todos, terminarán sus días en un espacio pequeño, reducido, junto a otros tantos más. Pero siempre vigilados y siempre callados.

Escribo estas líneas sabiendo que ya vienen por mí. Que los soldados están cerca. Que vienen a callar una voz y a silenciar cualquier foco de resistencia. El nuevo gobierno, que es el mismo de antes, ese que quiere regresar a tener un pueblo callado y sumiso se tomó el control de todo gracias a un fraude. Pero lo hizo. Llegó y no lo vimos venir. Sirva esto para avisar a todos los que puedan leer, a todos los que quieran seguir luchando, a todos los que se sumen y vean lo que está pasando, a que no claudiquen, ya lo logramos una vez y lo volveremos a hacer. No importa que nos tome otros ochenta años, lo volveremos a hacer.

 

 

 

Imagen: definición.de

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