Mata Hari y Pegasus

La leyenda y el romanticismo más que la verdad, nos han dado una idea de que una de las grandes espías durante la primera guerra mundial fue Mata Hari, una holandesa por nacimiento que aprovechó su estadía en la isla de Java para conocer y practicar bailes desconocidos en Europa, lo cual aprovechó para convertirse en amante de innumerables oficiales de ambos bandos antes y durante un breve periodo de la gran guerra.

Es ese romántico relato el que pone a Mata Hari como una de las principales espías que logró, gracias a sus encantos, convertirse en el epítome de la cultura de guerra. La desconfianza que se tenía los unos de los otros, muchas veces provocadas por ellos mismos, hacía del trabajo de espía una buena forma de vida que sigue hasta nuestros días, casi exactamente un siglo después de su fusilamiento en Francia en octubre de 1917.

El supuesto éxito de Mata Hari como espía radicaba en la forma en la que accedía a los secretos más íntimos de los personajes con los que solía tener tórridos romances, además de fugaces. Buena parte de la leyenda romántica que envuelve a la mujer detrás del mito se debe a su belleza, a su cuerpo y a su total desenvoltura en una época donde las mujeres aún eran objeto del machismo, la misoginia y otras tantas cosas que hoy se tratan de desterrar. Pero el acceso a los secretos de las personas no fue erradicado, ni mucho menos, desde el fusilamiento de Mata Hari.

A un siglo del nacimiento de la leyenda de la bailarina que espió, nos encontramos con armas mucho más poderosas que la intimidad para encontrar y revelar secretos de las personas y mucho más. En días recientes nos hemos enterado de que un gran número de personas pertenecientes a las más diversas actividades en nuestro país han sido espiadas con un malware que entra en lo más íntimo que hoy día tenemos.

¿Qué puede saber pegasus de nosotros? La respuesta no puede ser simple, pero si puede ser relativamente fácil de responder: todo. La tecnología ha alcanzado niveles nunca vistos. Baste recordar que los teléfonos siempre han sido objeto de fascinación por parte de los intrusos a nuestras vidas privadas, de ahí la expresión que reza “cuidado, hay pájaros en el alambre”.

Por supuesto que la correspondencia, antes de la llegada del teléfono también era una forma de entrar a la vida y pensamientos de las personas. El intercambio epistolar tan usado antes de la llegada de la electricidad era el motor que movía la industria del espionaje; empero aquello nunca fue suficiente y la era del espionaje femenino tan socorrido desde la época de Cleopatra tuvo un renacimiento. ¿Qué mejor manera de conocer los secretos de algún alto oficial que meterse en su cama y hablar? Suena misógino y hasta absurdo en nuestros días que parece salido de una novela de ficción, pero pasó y sigue pasando.

En alusión al tema de pegasus y el espionaje liberado desde el estado, pues cada parte del gobierno y sus poderes están imbuidos en él, el pájaro en el alambre solo podía funcionar en tanto uno estuviera hablando con otra persona. Siempre que aquello ocurriera, una llamada entrante, era simple mantener el espionaje sobre el individuo en cuestión. Luego se inventaron los micrófonos miniatura que pudieron instalarse en el domicilio del susodicho. Todo funcionaba bien mientras él se mantuviera en su hogar y en el rango de escucha que el propio aparato podría mantener, sin tomar en cuenta los riesgos que corrían los que tenían el encargo de plantar los objetos en casas y oficinas de quienes uno pretendía espiar. A cada paso que se daba para codificar las comunicaciones surgía un contra elemento que permitía seguir haciendo la escucha.

En nuestros días no es poco común escuchar conversaciones privadas de elementos que pueden, o no, tener conexión alguna con venta de información a otros países. Recordar simplemente el caso del presidente de Instituto Nacional Electoral (INE) que, extrañamente, justo antes de tomar una decisión en cuanto a quitar el registro del ¿Partido? ¿Verde? Fue sometido al escarnio público en una llamada en la que denostaba a algún integrante de una etnia del norte del país; podrá haber hecho mal en hablar mal de otra persona, pero aquello no quita el que una comunicación privada haya sido intervenida sin consentimiento y, peor todavía, sin que existiera una orden judicial para ello.

Lo que hace malo al espionaje no es en sí el espionaje mismo, es la forma en la que alguien, en este caso un gobierno, entra en nuestra vida privada. Claro, dirán algunos, el chiste es que nadie se entere de que nos están espiando y pueden tener cierta razón, pero el hecho es que debe existir una autoridad que diga cuándo sí y cuándo no se puede espiar a alguien. En términos jurídicos, debe existir una razón fundada y motivada para espiar a alguien desde el gobierno o desde una corporación privada. De otra forma se está violentando la privacidad de las personas.

Lo que hace a pegasus el moderno Mata Hari es la capacidad que tiene de estar en los momentos más íntimos de las personas. Uno lleva el celular a todas partes y está con él en todo momento. Casi no importa el lugar en donde uno esté, el celular nos acompaña. A diferencia de las cartas, los micrófonos o los teléfonos fijos, la tecnología ha permitido llevar una oficina entera en la palma de la mano y, con ello, llevar a todos lados cargando el aparato que hoy casi es imprescindible para nuestra vida diaria.

Desde el celular hoy nos pueden espiar de la peor manera posible, nos pueden ver y escuchar, leer nuestros correos y otras comunicaciones. Una invasión completa a nuestra vida.

Saber que podemos ser espiados en nuestros momentos más íntimos pone una duda seria sobre cómo podemos conducirnos en nuestro día a día, pues ¿cuántos de ustedes llevan el celular a cualquier actividad de la vida cotidiana, en los momentos más privados y revelar secretos muy íntimos a otra persona mucho más de lo que la misma Mata Hari pudo jamás saber sobre nadie?

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