Las venas del gatopardo

El término gatopardo surge de aquella gran novela de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, en donde todo cambia solo para que todo siga igual, que al mismo tiempo es el sello distintivo de todos los gobiernos neoliberales, donde se prometen grandes cambios… en los próximos años (Peña dixit), aunque no sepamos cuántos son. Aquí también se puede rememorar otro título, las Venas Abiertas de América Latina, de Galeano, donde se hace un compendio de lo sucedido en el continente a raíz de esa forma de pensar, la neoliberal, en la que el dinero se puso en primer lugar, muchos años antes de que en México comenzara. Así, tenemos las venas del gatopardo.

Uno de los grandes y crasos errores del neoliberalismo fue poner al dinero en primer lugar, incluso mucho más allá de la persona misma. No es poco común, por desgracia, platicar con un joven, digamos de 12 a 15 años, que conteste a la pregunta de qué quiere ser de grande con un contundente “quiero tener mucho dinero”. En algunos lugares ha generado, mejor dicho, ha degenerado en aquella lapidaria, literalmente, frase del prefiero un año de rey que una vida de güey. Hemos llegado al absurdo de no entender que tener dinero cuesta mucho, que no existe el dinero fácil. Peor aún, hemos comenzado a ser productos de desecho para que alguien más consiga la fama y la fortuna de la que se cree merecedor por haber leído el vendedor más grande del mundo, para el caso, cualquier libro de autoayuda habla del mismo tema, ser alguien es tener fama y fortuna. La pregunta que no resuelven es: ¿dónde quedo yo?

Las venas han llevado y han traído innumerables promesas que nunca se cumplen, al menos no para la gran mayoría. Las poblaciones de los países que han seguido los designios del Banco Mundial y de las instituciones internacionales de crédito han padecido, padecen y padecerán, pobreza y miseria, mientras unos cuantos gozan de dinero a raudales y lo derrochan sin remordimiento alguno. También, por desgracia, estamos llenos de personas sin oficio ni beneficio que tienen la fortuna de ser hijos de algún famoso o, peor, hijos de algún gran potentado que llenan las pantallas televisivas de no sé qué. Pero eso sí, al momento que hacen un comentario o responden a alguna crítica son noticia mundial.

El gatopardo nos deja la lección de que cuando se cambie se debe cambiar. Ya con Fox tuvimos la terrible y trágica experiencia del cambio que no cambió nada. Su sucesor fue peor, no solo no cambió para bien, sino que empeoró y vaya de qué forma, la situación del país. Peña se dejó llevar por la ola y, a pesar de haber firmado una cantidad enorme de compromisos ante un notario, nunca nos dijo, ni él ni el notario, qué pasaría cuando no cumpliera. Hoy, ante un verdadero cambio, no faltan las voces que hablan, incluso, del peor inicio de un gobierno y, claro, como no lo va a ser, cuando las cosas realmente cambian todo es malo. Pégame, pero no me dejes, parece ser la remembranza que los lleva a decir semejantes afirmaciones.

Las venas del gatopardo han sido un compendio de errores y desaciertos de la forma vacua y anodina de ver el mundo. Reducir a dinero todo es una de las más grandes fallas que las generaciones de 1950 a la fecha, dejarán para el mundo del mañana. Se puede resumir aquello en el programa el precio de la historia, donde una cosa tan insignificante como una firma puede tener un valor insospechado, el valor de un trazo de una pluma en un papel vale mucho dinero, la cosa es que no se logra entender que esa firma tiene un valor porque la persona que la plasmó hizo cosas maravillosas o importantes. Le hemos quitado el valor a una obra maestra por el dinero y no por lo que representa. Todo mientras cueste dinero es barato, pero cuando cuesta mucho dinero es muy deseable.

Paradójicamente, en los países en los cuales surgen estas ideas, es donde más valor tienen las personas. Los ciudadanos de los países más ricos del orbe, tienen seguridad social, seguros de desempleo y pensión, trabajo seguro, plan dental y hasta televisión pública de enorme calidad. Claro, todo ello cuesta y cuesta mucho, los impuestos en esos países alcanzan tasas superiores al 50 por ciento de los ingresos del individuo. Los estados son fuertes y regulan a las empresas para que los sueldos sean suficientes para que una familia promedio tenga casa, comida y sustento. Extraña realidad a la que vivimos en los países más pobres, donde esas empresas que son muy reguladas en sus países de origen exigen y obtienen, grandes beneficios, entre ellos los sueldos bajos y nulas o mínimas prestaciones.

Las venas del gatopardo deben servir para no cometer los mismos errores que como pueblo hemos permitido. Un verdadero milagro de la denominada cuarta transformación es que cada día más y más personas se interesan en la política, esperemos que todos entiendan la importancia que tiene, que más allá de grillas, filias y fobias, que la actividad política empapa cada aspecto de la vida de los ciudadanos, los precios de los productos tienen mucho que ver con lo que hace los políticos. Debemos, entonces, aspirar a ser como esos países que pagan muchos impuestos pero que reciben mucho a cambio de sus gobiernos, no que cambie todo para que nosotros sigamos igual.

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