Las (des)calificadoras

Casi como un sueño de locos, sucede que, en estos momentos, justo cuando se comienza a hacer algo para mejorar las condiciones de las llamadas empresas productivas del estado, esas mismas que desde el sexenio del innombrable casi han sucumbido ante el capital privado, sobre todo extranjero, los malos manejos, los pésimos administradores y los peores políticos; cuando al fin en lugar de quitarles dinero se les inyecta, así sea insuficiente, las calificadoras se han empeñado en hacer notar su malestar y bajan la calificación de la deuda soberana para que los intereses de cualquier nueva deuda se incrementen.

Las calificadoras son entes privados que le dan una calificación a aquellas instituciones que solicitan créditos y esta calificación sirve para poder tasar el interés que se le cobrará a esa institución por todo lo que pida prestado. Por institución se puede hablar tanto de empresas privadas, como de gobiernos o empresas públicas.

Si existe una constante en todos los gobiernos neoliberales, es que son fanáticos de los préstamos. Tan solo en el caso de México, la deuda en un solo sexenio creció exponencialmente pues en el último año de Caderón la deuda total del país, la que incluye la deuda interna y la externa, era de 3.5 billones de pesos, es decir, 3 y medio millones de millones de pesos; mientras que Peña dejó al país una deuda total de 10 billones de pesos, equivalente a dos años del presupuesto federal. Para que se pueda dimensionar más claramente, somos poco más de 133 millones de mexicanos y si tuviéramos que pagar cada uno una parte equitativa de la deuda nos tocaría aportar algo así como 75 mil pesos. Una locura.

Pues bien, buena parte de esa deuda se adquiere con bancos internacionales a los cuales los países con mayores recursos aportan buena parte de su capital y por otro, los grandes tenedores de bonos. Las sociedades de inversión de pensionados, como en el caso de BlackRock son, también, aportantes a estos bancos. Como siempre, a mayor riesgo mayores ganancias, pero también el riesgo de no cobrar. El caso argentino y los fondos buitres son un ejemplo claro. La calificación argentina para pagar bonos se desplomó por los problemas sociales, las grandes tenedoras vendieron sus inversiones a otros que se encargarían de cobrar lo que no pudieron y la ganancia puede ser mayúscula. La crisis en la que metieron a los argentinos fue brutal, tanto, que terminaron con un presidente amante de los préstamos y de la vendimia del país. Algo así como el Peña sureño.

Los problemas mexicanos no están tan lejos de ello. La diferencia radica en que el gobierno mexicano, el actual, ha mantenido una actitud de no pedir prestado. No hay nada que haga a una calificadora tan infeliz como eso. Cuando no hay préstamos no hay negocios. De ahí que cuando lo peor de la corrupción se posaba sobre nosotros, los préstamos fluían a raudales y hasta la calificación, A estable, sea lo que sea eso, es la última que se tuvo; mientras que en sexenios anteriores la calificación A era un sueño, en el sexenio de la venta nacional institucionalizada ya íbamos por una segunda A. Lo importante es que los negocios de unos cuantos siguieran caminando.

Entonces, hay una relación directa entre un estado mínimo y la calificación crediticia. Hay que recordar que el estado mínimo es el sueño de los Chicago boys, aquel donde el estado solo se dedica a brindar los servicios que no son susceptibles de ser negocio, si se piensa un poco, solo quedaría el registro civil, pues alguien tiene que saber cuántos somos y, quizá, los juzgados, pues alguien tiene que dirimir las disputas entre los particulares, no más. Entre más negocios puede hacer una empresa en un país y entre más redituables sean, mayor será la calificación crediticia de ese país.

Así llega una de las contradicciones más absurdas que un país puede sufrir. Mientras los países en vías de desarrollo se deshacen de todo aquello que les produce ingresos, para que los mismos sean trasladados a las empresas, se van quedando sin recursos para hacer obras sociales y, por consiguiente, comienzan a pedir dinero prestado, pero como ya vendieron o privatizaron aquello que producía algún ingreso, no pueden pagar el préstamo original. Subir impuestos es siempre la primera medida, aquí lo hemos vivido de muchas formas, la más brutal es la devaluación. Pero como eso tampoco alcanza para pagar, se recurre a más deuda. Un ejemplo más cercano sería contratar una tarjeta de crédito, mientras el saldo es bajo se paga, cuando el saldo es alto se puede dejar de pagar o pagar solo el mínimo, lo cual incrementa la deuda; algunas personas recurren a contratar más deuda, contratan otra tarjeta de crédito para pagar la otra y es el cuento de nunca acabar. Por cierto, no puedo soslayar el hecho de que la deuda de cualquier tarjeta en este momento tiene un interés, por lo bajo, del 102 por ciento anual.

La deuda externa, pues, es la deuda eterna mientras que ese vicio de los préstamos no se termine. El camino será muy largo y muy accidentado. A nadie le debería importar si los bancos extranjeros nos prestan o no, el caso es no pedir prestado. El problema viene cuando los ingresos no son suficientes y no alcanza para hacer todo lo que se tenía proyectado, en este caso el tren maya o el transitsmico. Los proyectos prioritarios para este gobierno que apenas cumplirá 100 días, tendrán que ser necesariamente los que puedan aportar al gasto nacional, las refinerías, la nueva y la reconstrucción de las abandonadas y los trenes de carga.

Las calificadoras se pondrán contentas una vez que esos proyectos comiencen, pues no hay dinero que alcance para desarrollar toda esa infraestructura y tendrán que venir los préstamos. Lo saben y lo saben muy bien, es por eso que bajaron la calificación a A negativa, pues pretenden cobrar de un golpe, todo lo que han dejado de percibir por no contratar nueva deuda que se usa, sobre todo, para pagar otra deuda. La pregunta queda en el aire: ¿se manejarán tan bien las finanzas públicas que alcanzará para pagar la deuda histórica y la nueva?

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