La sociedad en la ventana

Vivimos en una sociedad que gusta de ser vista. Hoy día, gracias a los avances tecnológicos, tenemos la oportunidad de mostrarnos a todos los demás. Ya sea en vivo, ya sea a partir de imágenes, de imágenes alteradas, de videos, de la voz o de cualquier otra forma estamos completa y totalmente expuestos a los que nos quieran ver y más.

Es muy común acabar con carreras enteras debido a una indiscreción de alguien más o, incluso, de nosotros mismos. No es raro encontrar en las mismas redes sociales que una maestra fue despedida por haber publicado fotos íntimas. Tampoco es raro que encontremos videos a medias, mostrando únicamente lo malo sin poner en contexto todo lo demás. De hecho, acabar con el contexto en este mundo digital acarrea más problemas que soluciones. Resulta irónico, pues, que la única forma de defendernos ante las amenazas que implica estar hiper conectado sea justamente esa super conexión. Las redes sociales se alzan, entonces, como jueces, verdugos y víctimas del entramado de una sociedad que prefiere ser vista.

La privacidad es un bien que cada día es menos costoso. Es una simple envoltura de la cual debemos desprendernos si es que queremos encajar en esta nueva forma de ver y hacer las cosas. Si no hay personas que sepan exactamente todo lo que hicimos en el día a día no estamos haciendo nada. Las pláticas de las generaciones actuales ya no van en el sentido de qué hiciste este o aquel día, más bien se enfocan a si viste aquello o lo otro o si ya hiciste aquello o lo otro que aquel o ellos hicieron. Si bien suena extraño expresarlo así, es lo que sucede en una plática que poco a poco deja de ser cara a cara y se hace por medio de una pantalla, no importando la distancia de esas dos o más personas.

En ese mismo sentido, se ha perdido el concepto de privacidad en el afán de buscar la mayor publicidad de nuestras acciones. Tampoco es poco común saber de personas que con tal de tener la mayor cantidad de “me gusta” se atreven a hacer cosas que para la mayoría serían ir más allá de lo aconsejable para tener cierta seguridad; peor aún, encontrar que tal o cual persona falleció por ello. La sociedad marca hoy una norma en la que todos estamos excesivamente expuestos a todos los demás y, además, ello tiene que gustar.

Hoy día existen miríadas de infantes y adolescentes que piensan que con tener un canal de videos serán las estrellas del mañana y que vivirán de ello eternamente. Se generan competencias insulsas y a veces muy peligrosas con tal de generar el mayor número de vistas. Los cantantes y actores miden su popularidad por el número de seguidores que tienen en la red social del momento; claro está que ellos viven de eso, pero también es cierto que pueden generar una expectativa poco real a una generación que está en busca de seguidores propios.

No cabe duda de que algunos de esos que empiezan a hacer uso de las redes no para acercarse a personas de distintas regiones y pensamientos, si no para lograr el mayor número de visitas a lo que hayan publicado, llegará a tener un cierto éxito. Pero ello condena a millones más a no hacerlo, empero, aquello se busca con más ahínco que cualquier otra cosa en estos días.

No se quiere expresar aquí la añoranza por los tiempos de antes, aunque tiempos pasados siempre fueron más baratos. Las redes sociales, como todo invento humano, tienen sus pros y sus contras. Acercan, en definitiva, a los que están lejos; pero el exceso de información también nos hace superfluos a la hora de contar con ella. Para muchas personas en esta sociedad es preferible estar vendado de los ojos ante lo que sucede en cualquier parte del mundo y dedicarse exclusivamente a pasarla bien.

La sociedad que hoy vive pendiente de la ventana del mundo es la más comunicada de toda la historia de la humanidad y puede saber todo lo que pasa en cualquier punto del mundo, por recóndito que sea, en unos cuantos segundos. Aun así, prefiere que la ventana que observa, que tiene un cristal muy transparente, este lleno de diversión y de placer antes que de conocimiento.

Somos una sociedad digital, en la que la exposición absoluta es hoy la práctica común. Obviamente no pasará mucho tiempo para que llegue el día en que, en lugar de perder el trabajo por haber publicado una indiscreción, será el caso totalmente contrario. Solo habrá que esperar a que la generación que gusta de estar en la ventana llegue y haga lo que más le gusta hacer, exponerse, exponerse y exponerse.

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  1. José Aguiar dice:

    La intimidad ha desaparecido, y lo peor de todo es que somos nosotros mismos quienes la hemos entregado a cambio de creer que vamos a conseguir popularidad. Al igual que se suele decir que los eventos que no son cubiertos por un medio de comunicación, no han tenido lugar o no existen, parece que a nivel individual pasa algo muy parecido, y es que si no lo cuelgas en una red social, parece que no has estado de viaje en tal sitio o no has conseguido tal cosa o tal otra. Como que ya no tiene valor.

    Estamos vendiendo nuestra privacidad a un precio demasiado barato. Y por si fuera poco, nos creemos populares por subir más fotos que nadie o publicar en el muro más que nadie. Si tienes cientos de amigos, eres una persona afortunada. Da igual que de esos cuatrocientos solamente te hables con diez de forma habitual. La cuestión es que los demás piensen que eres una persona “rica” en amigos.

    Si has dado una fiesta o has ido de viaje, ya no tiene ningún valor si no lo compartes en la red social de turno. Es lamentable. Se ha potenciado la idea del “qué dirán los demás de mí” de una manera absolutamente superlativa. Además, también se potencia la inseguridad personal, ya que todo el mundo siente la necesidad u obligación de que todos estén al tanto de nuestra vida.

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