La silla vacía

Un relato de lo que no debe ser

En algún lugar de Querétaro, el anfitrión, Diego, que no el convocante, saluda uno a uno a los convidados. Sin quitarse el clásico puro de la boca, excepto con Carlos. Todos son recibidos en el enorme portón de madera que conduce a uno de los salones con que cuenta la residencia. Los choferes se alinean uno a uno para dejar bajar a los pasajeros y luego desaparecer del otro lado, donde se estacionan lejos, para no interrumpir a los reunidos. Una vez terminado el protocolo inicial y viendo que todos fueron puntuales a la cita, las puertas del salón se abrieron para dejar ver la enorme mesa donde todos cabrían perfectamente.

Carlos, el convocante, es el primero, después de una breve charla con un par de invitados, en tomar la palabra.

  • Sabemos por qué estamos todos aquí. – Lo dijo con su característico tono de voz que no demuestra ningún sentimiento y prosigue. – Estamos reunidos porque hasta ahora los planes no han tenido el impacto necesario para provocar el miedo que necesitamos, si es que queremos regresar.

Los truenos afuera del salón comenzaron a sonar y retumbar. El presagio del día era ese. Nubes grises acompañaron toda la mañana. Solamente fue una enorme casualidad el que justo en el momento en que comenzaba la reunión comenzara la tormenta. Pero más de uno saltó de su asiento, pues justo al pronunciar la última palabra las ventanas del gran salón se iluminaron y casi de inmediato se escuchó el rugido del trueno.

  • Señor – Tomó la palabra Alberto, que estaba en la mitad de la mesa y esperando un par de segundos para saber si Carlos había terminado de hablar. – Hay que tomar en cuenta que no hemos recibido ninguna condonación en estos años. Es más, después de la epidemia las cosas se han puesto más duras cada vez y creo que debemos precisar o al menos hablar de primera acerca de cuántos recursos se van a necesitar para continuar con la campaña, pues, de nueva cuenta, cada vez es más difícil y los contratos ya no fluyen…

Se quedó como pasmado por un momento, pero el cuchicheo en el salón fue muy perceptible en cuanto dejó de hablar Alberto. Carlos solo se sentó y se acomodó, puso su mano en la boca y esperó para ver quién era el siguiente en tomar la palabra.

  • Creo, espero no equivocarme – Dijo Bernardo acomodándose la corbata de seda de color púrpura con claras intenciones de aflojarla, aunque esto último no lo hizo, después de un leve carraspeo continuó – Sabíamos que la lucha sería larga. Seis años bastante lamentables eran los que venían y, creo, es más, confío en que todos los aquí presentes hemos tomado las precauciones necesarias para afrontar estos retos.
  • Claro que lo hicimos, Bernardo. – Respondió rápidamente Roberto que se sentaba justo al frente de Bernardo en la gran mesa iluminada con candelabros franceses de la época napoleónica. – Todos hemos tomado las precauciones debidas, pero hay que tomar en cuenta que ya hemos perdido a Ricardo y a Carlos, no lo puedo asegurar, pero también parece que German se nos fue y sé que andan muy bien con Andrés, ya no podremos contar con ellos, aunque los empleados de Ricardo siguen acatando nuestras órdenes y difunden de inmediato cuanto les pedimos.
  • Bueno – Respondió Alberto y adelantándose a cualquiera que quisiera hablar. – No hemos perdido la batalla aún, todavía está Alejandro en pie de lucha. Sus periódicos siguen marcando la contra agenda.

Un nuevo cuchicheo interrumpe al orador, aunque Carlos sigue con el mismo semblante y apenas ha variado un poco la postura inicial. Todos le voltearon a ver para saber si tenía algo que opinar, pero se mantuvo en silencio y Alejandro tomó la palabra.

  • Estoy seguro que todos ya conocen la situación de ambos diarios. La circulación entre ambos y hasta contando las revistas ya no rebasa ni siquiera el medio millón y eso nos pone en una situación comprometida. Debemos suponer que Andrés tiene estos datos y no los va a desperdiciar.
  • Debemos – Dijo Diego quien se encontraba a un lado de Carlos que tenía asignada la cabecera principal, lugar que él normalmente ocupa pero que esta ocasión ha cedido, por obvias razones. – estar atentos a los nuevos acontecimientos y continuar con la estrategia del miedo. Gracias a Miguel Ángel y a Jesús, no presentes – esto último con una sonrisa malévola – hemos logrado tener cierto éxito con los saqueos y las manifestaciones violentas. Con ese camino asegurado, es nuestro menester seguir así.

Diego voltea a ver a Emilio que estaba dubitativo exactamente al lado contrario del primero y que tardó un poco más de dos segundos en darse cuenta que debía ser el siguiente orador.

  • Es verdad que los impuestos está acabando con varios de nosotros. – Dijo sin muchas ganas – También es cierto que algunos de nosotros debemos comenzar a ver por nuestras empresas y tenemos menor margen para operar, digo ¿quién de nosotros está preparado para vivir con menos de diez o veinte millones al mes?

De nuevo los cuchicheos no se hicieron esperar. Los asistentes no dejaban de voltear los unos a los otros y comentar cada palabra que se dijera. Aunque no se hubiera dicho nada relevante, como era el caso.

Sin moverse, Carlos desvió la mirada a Jerónimo que, por la edad, se sentó en una de las esquinas de la mesa, sin llegar a ocupar la otra cabecera que se mantenía vacía.

  • Creo, – dijo con voz pausada propia de su edad y rango – estamos equivocando el rumbo. Debemos recordar las sabias palabras de Robert Lansing, solo requerimos tener de nuestro lado a una sola persona, como ya se hizo antes y generar una estrategia que nos permita retomar el control de todo lo que ya controlábamos sin desgastarnos en campañas mediáticas, discursos de miedo y todo lo que hasta ahora no ha tenido muy buenos efectos. Las plumas que nos son fieles, deberán seguirlo siendo y deberán cambiar el tono del discurso para posicionar a quien nosotros elijamos para la sucesión. No debemos seguir gastando recursos en una campaña de fricción que puede tomar generaciones en rendir frutos. De lo contrario, la última oportunidad que tenemos se nos irá de las manos.
  • En eso hay mucha razón. – Dijo Vicente con voz en alto, como para que se notara que ahí estaba.
  • ¡Por supuesto! – Entonó Felipe, que se sentaba justo al lado de Vicente. – Hemos de recomponer el camino si todos nosotros nos avocamos a conquistar a quien sería el sucesor de ese, ese… Ese que no quiero nombrar… – Hizo una pausa y abrió de más los ojos volteando hacia a Carlos, pues la alusión era muy clara, solo se acomodó los lentes y prosiguió con el discurso. – aunque aquí ya lo han nombrado. Lo único que necesitamos es impulsar a un solo hombre, darle todo nuestro respaldo con notas en periódicos y la televisión. Sabemos que los comentaristas y articulistas nos siguen siendo leales.
  • Y los analistas, no se te olvide – De nuevo Vicente, haciéndose notar.

Los cuchicheos entre los presentes se hicieron la norma y así, en el mismo tono continuó la reunión. Realmente todo giró en torno a la propuesta de Jerónimo. Felipe y Vicente platicaban con gran ánimo, pero nadie tomaba la palabra. Carlos y Diego se secreteaban y agachaban la cabeza para escucharse el uno al otro. Emilio solo decía algunas palabras a Bernardo. Jerónimo, que seguramente, a la vista de los presentes, ya conocía del todo el asunto a tratar se mantenía callado. Alejandro hacía esfuerzos por encontrar la mirada de Emilio sin éxito. Todos cuchicheaban y en momentos aquello ya era una fiesta y no una reunión de negocios, como era el propósito original.

  • Han de saber – Dijo Carlos al cabo de unos minutos y justo cuando se cumplían las dos horas de reunión y comenzaba a llegar el olor de los manjares que degustarían en unos momentos y, como por obra del macabro destino, se volvieron a iluminar las ventanas del salón y el relámpago, que ahora tomó más tiempo en escucharse, se hubo calmado, continuó. – No es algo que no hubiéramos pensado antes. De hecho, creo que las sabias palabras de Jerónimo han sido muy claras al respecto y debemos retomar las enseñanzas de aquellos ilustres que nos hicieron lo que somos. Justo por esa razón es que la cabecera se ha mantenido vacía y les sugiero a todos que volteen hacia la puerta porque nuestro último invitado ha llegado.

Carlos se puso de pie para ordenar que se abrieran las puertas de macizo enebro con acabados churriguerescos que alguna vez pertenecieron a una iglesia de alguna ciudad europea y que tenían ya dos siglos de haber sido hechas. Para sorpresa de todos, al abrirse las puertas, quitándose la gabardina color azul y entregando el paraguas todavía escurriendo copiosamente, se asomaba el rostro de alguien a quien conocían muy bien desde hacía tiempo. Muchos de ellos ya habían negociado con él y éste, a su vez, había correspondido. Ya llevaban años en una estira y afloja. Todos los presentes conocían bien al personaje y todos habían hecho algún acuerdo con él. Llegó el momento de poner las cartas sobre la mesa. Al tiempo que comenzaban a llegar los platos para la cena, Ricardo tomó su lugar en la cabecera que tenía la única silla vacía. Miró a todos y sonrió.

 

 

Imagen: guerrero.cuadratin.com.mx

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