Fuero bueno, fuero malo

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Por un lado, tenemos a Ramiro Padilla, bonachón, adusto, solidario. Por el otro, a Nepomuceno Alcántara y de los Montes, de palabra fácil, mentiroso y tranza. Otrora amigos y correligionarios, hoy rivales eternos en la política.

Es su tercera campaña y, como en las otras dos, se espera que Nepomuceno haga cuanta trampa pueda para vencer a Ramiro por tercera ocasión. Solo faltan un par de días para la elección y ambos recorren Ciudad del Puente y sus alrededores prometiendo lo que van a hacer el día que ganen.

Nepomuceno como siempre promete las perlas de la virgen, como dicen por acá. Ramiro más consiente, promete lo que puede cumplir, la gente confía a medias, pero al fin confía. De quien no confía es de Nepomuceno y sus mentiras recordadas cada vez que pide el voto. Hasta hoy nadie sabe, o no quieren saber, cómo es que este taimado personaje ha ganado dos veces, tal vez en la primera no lo conocían bien, pero suponían que no iba a ganar porque a nadie de Ciudad del Puente le había inspirado confianza y ya sabían más o menos cómo era desde chiquillo.

  • Y les prometo – Se escuchaba en los altavoces – El día que asuma la presidencia municipal de Ciudad del Puente, yo, Nepomuceno Alcántara y de los Montes, yo, les digo y les recuerdo que soy quien más experiencia tiene en el cargo que ustedes me han honrado en darme en dos ocasiones.

Los vítores y aplausos interrumpieron un momento el discurso que seguía más o menos así:

  • Y, como les iba diciendo, les prometo que, si antes les fallé en algo, ahora será el momento de concluir con todos los asuntos pendientes que no pude cumplir. ¡No les volveré a fallar!

Esa última frase comenzaba los aplausos y vivas para el candidato que alzaba los brazos en señal de triunfo y que, por supuesto, era el lema de campaña. Muy malo a decir de los pobladores, eso de que no volverá a fallar es como pedirle peras al olmo, decían los más.

Mientras en uno de los poblados cercanos a Ciudad del Puente y con mucha menos parafernalia que su oponente, pero con más gente aplaudiendo y escuchando su mensaje se oía en una corneta con mal sonido algo parecido a esto:

  • Hemos pasado doce años con un régimen de corrupción y de malos tratos. Hemos padecido todos los estragos de una mala, que digo mala, pésima administración a manos de nada más y nada menos que un corrupto ladrón, que un día sí y otro también se la pasa comprando conciencias para evitar caer en las redes de la justicia, ah, pero eso sí, sabe perfectamente que un día se le acabará el fuero y entonces sí, nosotros, ¡sí! Nosotros haremos justicia, porque ya estuvo suave que nos llevemos el cuento que dizque tiene fuero para que no hagamos justicia con ese, ese, ese ladrón, nomás por no decir otra cosa. ¡Basta de impunidad y basta de corrupción, por una Ciudad del Puente libre!

Aunque también cerraba su discurso con el lema de campaña este tenía un cierto aire de patriotismo, si es que tal cosa existe para estar orgulloso del lugar donde nació. Inspiraba confianza y, además, como a Nepomuceno se le conocen todas las mañas y de Ramiro no se sabe de ninguna, pues con mayor razón.

Los cálculos de uno y del otro variaban en muy poco, pero en lo esencial, nada. Ramiro Padilla iba a la cabeza, la elección es un un día y nada pararía la victoria, al fin, de Ramiro.

Los comicios ocurrieron en tensa calma, los seguidores de Ramiro cuidaban a los seguidores de Nepomuceno y al revés. Los primeros no querían que el presupuesto del municipio se ocupara para la compra del voto y los otros no querían que los vieran haciendo eso, al final la estrategia funcionó y los nepos, así conocidos y reconocidos por la gente como trabajadores del susodicho, no pudieron sacar las despensas y los electrodomésticos que necesitaban para comprar el voto de los más pobres de Ciudad del Puente.

A las diez con cuarenta y cuatro minutos de la noche del día de la elección se comenzaron a dar los resultados de los comicios de todo el Estado y llegó el turno de Ciudad del Puente de conocer quién sería el nuevo alcalde o repetiría otros seis años de promesas sin cumplir, era cuestión de esperar.

A lo largo de la mesa estaban sentados los nepos por un lado y todas las personas que acompañaban en ese momento a Don Ramiro, conocido así desde la noche en que se supo su triunfo. Don Ramiro Padilla se sentó en una de las cabeceras y Nepomuceno Alcántara en la otra y se miraban con cierto desdén desde las cabeceras de la larga mesa. Se escuchaban muchas voces aquí y allá. Todos alegaban algo y no querían hacer esto o aquello. Por fin se fijó la fecha para comenzar las entregas de las oficinas que está en la ley y los ánimos comenzaron a relajarse.

  • Muy bien, veo que ya nos estamos poniendo de acuerdo – decía Nepomuceno mientras se levantaba de la silla y se acomodaba la corbata – Pues bien, ya seguiremos otro día, mañana ¿cómo ves? – le lanzaba una mirada a Ramiro que devolvía éste con un gesto de aprobación – pues bien, así se acuerda entonces, cada quien vaya a hacer lo que tenga que hacer para que mañana esto fluya más rápido y, mientras todos se van, déjenme aquí con mi amigo Don Ramiro, que quiero platicar con él.

Los nepos salieron rápidamente del salón mientras los seguidores de Ramiro se quedaban a escuchar su respuesta.

  • Claro que sí Nepomuceno, faltaba más.

Acto seguido sus compañeros entre cuchicheos se retiraban.

  • Mira Ramiro, yo sé que me ganaste por la buena y eso te puso donde estás. Nomás recuerda que en el congreso del estado ya están trabajando para quitar el fuero.
  • ¿Me estas tratando de decir algo?
  • No, yo nomás digo que te tienes que cuidar, digo, por si algo se presente.
  • No, no, no, yo no soy como tú, no somos iguales, a mí que me esculquen.
  • No, si yo no lo digo por ti, pues, nomás lo digo como una mera cosa que está pasando allá en la capital del estado, nomás pa’ que te acuerdes, digo.
  • Ah no pues que buen ciudadano vas a ser ahora que estés del otro lado y espero contar con tu apoyo para que Ciudad del Puente sea un mejor lugar y más libre…
  • Quihubo’ no, no me vengas con el lema de campaña, ¡qué aquí somos amigos! ¿Qué no? Ándele, váyase, mañana nos vemos aquí y platicamos.

Ni bien cerró la puerta Nepomuceno estaba con su secretaría pidiendo que lo comunicara con el líder de los diputados de su partido para pedirle un favor.

Llegó el día de la entrega del gobierno y Nepomuceno con una enorme sonrisa en el rostro le entregaba las llaves simbólicas del palacio de gobierno al nuevo presidente municipal de Ciudad del Puente. La fiesta no se hizo esperar y a las mismas puertas del palacio llegaron todo tipo de grupos para ambientar la mayor fiesta de este tipo que se recuerde. Ramiro observó durante un par de horas sin animarse nuca a bailar y solamente repartió sonrisas y saludos hasta que decidió irse a dormir. Justo al alba la fiesta terminó.

Eran exactamente las ocho con cincuenta minutos del primer día de trabajo de Ramiro y en su escritorio ya se encontraba el periódico que en su nota principal consignaba: “Desde hoy no más fuero”. En el interior la nota aclaraba que los del partido, hasta el día de la pasada elección, oficial y hoy en la oposición, junto con otros cuantos partidos, habían aprobado la iniciativa que invalidaba el fuero, no solo en aspectos como corrupción y delitos mayores como estaba planteado, sino todo el fuero. Todos los funcionarios electos y los diputados podían ser acusados de cualquier delito y separados de inmediato del cargo.

La noticia casi pasó desapercibida pues Ramiro sabia muy bien que él no tenía cola que le pisaran. Nadie mostró mayor interés en los encabezados de todos los periódicos que llegaban a la presidencia y que llevaban más o menos los mismos titulares, los leían pero no veían la importancia, al menos no para ellos, que se cuiden los corruptos, decían.

Son las diez y treinta del siguiente día y Ramiro se prepara para salir a su primera gira ya como presidente municipal. Un barullo se escucha al otro lado de la puerta de su oficina y al salir para ver qué pasaba se encuentra con un oficial de la policía estatal que le dice:

  • ¿Es usted Ramiro Padilla?
  • Si señor, ¿qué se le ofrece?
  • Pues con la novedad que aquí traigo una orden para presentarlo ante un juez, pues le acusan de delitos en contra de la salud.
  • ¿En contra de qué? – Casi gritaba Ramiro al escuchar el cargo. – ¿Quién me acusa? ¿cómo, por qué? ¡Dígame!
  • Lo siento, es todo lo que le puedo decir.

Mientras era esposado y llevado al auto de la policía estatal, estacionado afuera de la presidencia, Ramiro pudo ver a unos metros de ahí a Nepomuceno con una sonrisa diabólica, justo antes de darse la vuelta e irse lanzó un gesto de adiós con la mano derecha mientras se golpeaba el pecho con la izquierda, para terminar cerrando el puño que decía adiós y levantarlo en señal de victoria.

La ley local es muy simple, en caso de que el funcionario electo o cualquier legislador fuere encontrado culpable de cualquier delito el segundo lugar en la contienda electoral ocuparía su lugar.

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