El metro nuestro de cada día

Cada vez que se viaja en el metro uno no deja de sorprenderse. Todos los días pueden ser aventuras completas o un simple viaje. Todo depende de la atención que uno tenga a los detalles. Cantantes y cuenta cuentos se reúnen con vendedores y pedigüeños.

Debo confesar que no soy del tipo atlético y con todo, de vez en cuando me gusta hacer como que juego fútbol o alguna otra actividad física. Claro que lo hago muy de vez en cuando. Muy. Pero, en fin. En una de esas pocas veces que suelo hacer algo de ejercicio me puse a jugar con, bueno, baste decir que el más viejo tenía la mitad de mi edad y de ahí para abajo. Así que la partida sería injusta, pero en el fútbol todo se puede.

Lo anterior como preámbulo de que suelo viajar en el metro todos los santos días en un recorrido bastante largo en el que, entre otras cosas, a veces le pongo atención a cuanto personaje deambula por sus vagones vendiendo cuanta mugre uno se puede imaginar y, por el otro lado, que por andarme sintiendo astro del fútbol terminé teniendo un desgarro en un músculo impronunciable cerca del talón de Aquiles, que por cierto es lo único que recuerdo de cómo se llama el músculo ese que no sé qué hace pero sí sé cómo duele a la hora de caminar.

Pues bien. En uno de mis tantos viajes matutinos o nocturnos en el sistema de transporte colectivo mejor conocido como el metro, se subió una vendedora sin mayor chiste y con el muy conocido tiple que tienen para hablar casi todos los que te venden cosas. Claro, seguramente la mercancía que tenía exhibida en sus regordetas manos era la enésima ocasión que paseaba por los vagones y que no tenía a bien haberle prestado mayor atención. Total, algunos de nosotros ocupamos esas largas horas de viaje, sobre todo cuando nos toca la verdadera suerte de ir sentados, claro que esa suerte depende que ninguna otra pasajera de edad avanzada con cara de tristeza mal ganada se ponga frente a uno tratando de decir con la mirada una de dos cosas, o que está muy interesante la lectura que llevamos o que le ceda uno el lugar, que normalmente es lo segundo. También por supuesto están los que llevan una especie de diadema tipo Princesa Lea de la guerra de las galaxias y con la cual no escuchan ni ven a nadie y menos a la compañera con la cara de fuchi porque no la pelan para cederle el asiento y que normalmente trae una melodía de un tipo de música más mala que la triquina en la carne de puerco.

Pues la mentada vendedora, empieza su letanía y para mi sorpresa comienza a decir: ¡pomada a base de mariguana, adicionada con árnica…! Que estoy seguro de que más de uno de ustedes han escuchado sin el mayor reparo de lo que dice. Lo que para mí no era ninguna novedad, suelo estar vacunado contra los productos milagro que venden en todas las estaciones del metro en las que tengo la desgracia de bajar y subir. Todavía más, suelo ni siquiera prestar atención a lo que venden, sean silbatos que hacen como pájaro gato o las pelotas que se transforman en hilos en las manos del vendedor. Claro que tampoco compro la enorme cantidad de audífonos de las reconocidas marcas que la piratería nos puede ofrecer. Cargadores, dulces y encendedores pasan normalmente de lado sin que mi cara cambie o mi atención se desvíe.

Pero sucede, como siempre suceden las cosas malas, que cuando uno trae el maldito dolor a flor de piel, pues eso de no creer que cuando algo suena demasiado bueno para ser verdad de seguro es mentira, pues pasa a segundo plano y, bueno, pues yo tenía mi maldito dolor en el músculo ese que no más no me deja caminar como gente decente y me hace parecer pollo espinado con algún síndrome sin cura. Al escuchar las palabras mágicas de la pomada denominada “mariguanol” de seguro mi cara se iluminó pues la vendedora se acercó precisamente hasta el lugar donde me encontraba y, ¡sorpresa! Por la mínima cantidad de diez maravillosos y pequeños pesitos podría tener todo el alivio que estaba buscando.

¿Cuánto pueden ser diez pesos si me van a quitar el dolor en menos de diez minutos? Así que me dispuse a juntar cuanta moneda encontré en mi bolsillo y poco a poco encontré el dinero suficiente para pagar la milagrosa pomada que me haría sentir la paz que desde hace días no tenía.

Muy contento terminé mi recorrido habitual por los andenes del trasporte público, que cuestión aparte, ese día hizo tiempo récord para llegar del punto A al B en menos de cuarenta minutos, toda una hazaña. Más feliz me puse a las puertas de mi hogar, deseoso de aplicarme el milagroso remedio para mi dolor.

Unos minutos pasaron de que entré y me apliqué el ungüento en la zona afectada y esperé, viendo la televisión, que el dolor comenzara de desvanecerse. Para mi enorme sorpresa, grande, mi pobre y atormentada alma se vino abajo cuando pasados cuarenta o cuarenta y cinco minutos el dolor de plano no se quitaba. Para no hacer el cuento más largo, tengo un enorme bote de una sustancia semi transparente que dice que contiene más cosas que una farmacia y todo en un envase no mayor a una lata de refresco.

Fui víctima de mi propio deseo y como todo lo que venden en el metro, si es que sirve, aunque digan que vienen calados, probados y garantizados me consta que no es verdad. Lo peor es que la mentada pomada “mariguanol” no huele ni a mariguana que me habría dejado pasar el mal rato que tuve esperando a que la porquería funcionara.

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