Debates, de bates y debacles

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Por supuesto que la batalla electoral que hoy nos toca vivir, como lo ha sido desde hace 40 años, es entre dos visiones opuestas y antagónicas. Por un lado se encuentra la idea neoliberal, implantada desde Miguel de la Madrid y, con un mayor impulso, desde el innombrable. La renovación moral consistió en hacer los cambios necesarios en las leyes para comenzar el desmantelamiento del estado benefactor que, cierto es, no sirvió tampoco para mejorar la vida de los más pobres aunque, sin embargo, no contribuyó en el deterioro de los mismos. Por el otro está una visión nacionalista y progresista que quiere atender los problemas más inmediatos sin permitir que la ley del más fuerte se imponga del todo.

Ambas visiones se han contrapunteado desde entonces y el intercambio no ha parado. Es muy claro el por qué se ataca sistemáticamente una visión de gobierno, cuando se supone que está sustentada en un programa de hace 50 o más años. Tampoco es muy fácil defender aquella postura, no obstante que existen en el mundo visiones que van en ese sentido, por ejemplo el Brexit en el Reino Unido o la misma presidencia de Trump, de la que hoy todos parecen espantarse. En ambos casos los gobiernos de los países involucrados tratan de defender sus fronteras, sus políticas y, sobre todo, sus economías nacionales.

Hasta hoy, todos aquellos que reniegan de las posturas de uno solo de los candidatos y las acusan de anquilosadas, sucedáneas o simplemente del pasado no han dado una sola razón por la cual se deba seguir en lo mismo. No se ha pasado de decir que vamos por el rumbo correcto, que la historia así lo demostrará pero nadie ha tenido el valor de decir que, gracias a que debemos hasta la camisa, son recetas que se deben aplicar porque así lo mandan los dueños del dinero que hemos recibido prestado y que hoy reciben mil millones de pesos, tan solo de intereses, al año.

No se escucha por ningún lugar decir que el número de pobres en México es más alto que en ningún punto en la historia, tomando como referencia la proporción de ricos y pobres. Tampoco se ha hablado, desde la óptica de los defensores del neoliberalismo, de que muchas empresas que han sido sacrificadas (privatizadas o vendidas o rematadas) en nombre del bien común, han sido saqueadas, saneadas con dinero público, vueltas a vender y rescatadas nuevamente, como en el caso de los ingenios azucareros y varias carreteras.

No se escucha por ningún lado que las bondades del sistema pasan por hacer grandes negocios con el gobierno de todas las grandes empresas de este país, como si ninguna pudiera sobrevivir en el mercado actual con sus propios recursos. Claro está que tampoco se dice que muchos de los contratos con el gobierno terminan inflados y que los sobrecostos son cosa de todos los días y que no hay ninguna explicación al respecto por parte de ninguna autoridad y mucho menos de sus defensores.

Resultaría casi una fantasía pensar que alguien nos pudiera explicar la razón por la cual los salarios en nuestro país son los más bajos de toda la OCDE y que este organismo, supuestamente impulsor de las economías de los países miembros no ha dicho nada al respecto y, desde luego, ha festinado esta política regresiva y hasta ha filtrado la versión de que se deben cobrar menos impuestos a los grandes empresarios y cargárselos a los más pobres vía el IVA.

Algunos agoreros hasta intentan amedrentar a los votantes diciendo, repitiendo, tergiversando, asumiéndose como portavoces de lo divino si es que llega a ganar la opción que plantea algo diferente, aduciendo tantas fantasías que van desde convertirnos en otro país, hasta tener a un dictador en ciernes que no acepta un no por respuesta y que ataca sistemáticamente a quien no comulga con sus ideas. Aunque en realidad ellos atacan sistemáticamente a quien no quiere seguir con lo mismo y lentamente nos convierten en un país de muertos en vida que sobrellevan la crisis social, los asaltos, los asesinatos, la corrupción, la inseguridad, la intranquilidad, el desplazamiento de sus lugares de origen y la falta de confianza porque no pueden hacer nada más que mirarla y esperar a no ser los siguientes en la lista de desaparecidos, asesinados o extorsionados por cualquiera de los bandos en disputa, sean oficiales o no.

Los pos debates se han convertido en una forma más de atacar a uno solo de los candidatos. No pasan dos segundos de alabar al candidato que representan, cuando ya están atacando y sosteniendo que el adversario está mal, pero simplemente no se ve en que está bien a quien defienden. Las promesas son las mismas, bienestar para todos, mejores y más empleos para todos, más seguridad para todos, más y más de lo mismo. Eso sí, cuando el otro propone amnistía para aquellos que cayeron en la delincuencia arrastrados por la pobreza, ahí sí que  pegan el grito en el cielo y critican ferozmente la iniciativa pero no proponen nada o quieren seguir con lo mismo. Dejan muy claro que la vida de cientos de miles de mexicanos es poca cosa y hasta se atreven a declarar que tenían nexos con los narcotraficantes, que estarían en malos pasos y cuanta tontería salga de sus plumas y bocas, como si eso quitara en automático la condición de mexicano y de acceso a la justicia.

Los debates mismos no van a cambiar las cosas. No hay tiempo suficiente para expresar una idea, para detallar una política. Han servido, eso sí, para saber que uno de los candidatos que se supone no tiene partido es más papista que el papa. Que a otro le gusta exhibirse y sentirse superior, aunque al final se lleve tremenda cachetada con guante blanco por andar tratando de intimidar a un oponente.

No estamos en una democracia tipo gringa. Ni siquiera estamos en una democracia. Ninguno de los acres defensores del sistema se ha detenido a pensar que millones de mexicanos reciben cemento, varillas, ladrillos, láminas, tinacos, despensas, tabletas electrónicas, pants, computadoras, dinero y un sinfín de utensilios más para comprar su voto y su conciencia. Siguiendo el postulado de Enrique Galván Ochoa en el que propone que la democracia a la mexicana se basa en el precepto de que un pobre es igual a un voto, lo que le conviene al sistema es seguir creando pobres, aunque renieguen de ello. Van bien, van muy bien en ese sentido.

Pero eso sí, no se te ocurra meterte con los barones del dinero porque entonces si arde Troya. En México se puede escribir y hablar de lo que sea, pero no vayas a tocar el dinero mal habido de alguien porque terminas pagando por daños y perjuicios contra el honor del pobre ratero de cuello blanco. Por eso la idea más perversa que tiene el candidato, supuestamente antisistema, lo de supuesto es porque se van a necesitar muchos años para deshacer lo que está hecho y tal vez no le alcance el tiempo, es que aquellos que tienen más que paguen más y eso, justamente eso, ya no les gustó, como tampoco les gustó la idea de aumentar los salarios.

Falta un debate y falta la elección. Razonar el voto es mucho más que escuchar a un candidato en un mitin. Mucho más que leer las noticias. Mucho más que contrastar ideas. Se parece más a una decisión tomada a la ligera, pues se deben de tomar en cuenta las pasiones del momento y el entorno que estamos viviendo. Razonar el voto es ver qué pasa en el entorno y entender que estamos peor que antes. Razonar el voto, es batear a los que nos han traído donde estamos y que esa debacle no se repita jamás.

@FilipoOcadiz

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