De chapulines y olvidos

La protección de datos personales ha traído nuevos derechos aparejados, los más conocidos y utilizados son los que conforman el acrónimo ARCO (acceso, rectificación, cancelación y oposición), que toda persona puede y debe ejercer como una forma de defensa de sus intereses y, por supuesto, de la protección de sus propios datos personales, tan solo saber quién tiene mis datos, ya sin preguntar por qué, es muy importante en estos tiempos en los que mis datos son muy valiosos. A ello se suma un derecho poco conocido y nada utilizado en países en vías de desarrollo, por alguna razón, pues trae consigo la oportunidad de comenzar de nuevo, el derecho al olvido.

El derecho al olvido no es otra cosa que borrar errores anteriores o una forma de empezar de nuevo. Si bien comenzó como una manera de quitar los enlaces hacia una página que contiene información personal o de la vida privada de un individuo, sin que ello signifique borrar dicha información, si puede inhibir en cierto sentido el acceso a la misma a menos que se conozca de antemano la dirección de la página en cuestión, ahora ese derecho puede ser utilizado como una verdadera herramienta de protección de datos personales.

Pero el derecho al olvido debe ir un poco más allá. Las personas tendemos a cambiar de opinión conforme las circunstancias, pero sobre todo cuando la información de la que disponemos va siendo distinta o a nuestros ojos es mejor información que aquella con la que contábamos antes. Esto sucede en todos los ámbitos de la vida de una persona, pues la información es la única fuente de nuestras decisiones. Con información incompleta tomamos malas decisiones, claro que a veces con toda la información a nuestro alcance, tampoco tomamos las mejores decisiones. Condición que nos hace humanos y nos permite aprender de nuestros errores.

Ahora bien, nuestros dichos o nuestros comentarios a una situación determinada pueden variar con el tiempo y eso normal y muy entendible, incluso cuando esos dichos y opiniones son, en esencia, contradictorios a los que alguna vez tuvimos. Aquí cabe una pregunta, a saber ¿somos las mismas personas con el tiempo?

Si todas las personas fuéramos exactamente iguales desde nuestro nacimiento hasta la muerte, en realidad no seríamos personas, más bien máquinas o guiones predeterminados de antemano por una entidad superior, a lo cual se llama destino. Es imposible escapar del destino, no importa cuánta información tengamos a mano o qué acciones realicemos, el resultado ya está escrito y nada ni nadie lo puede cambiar, aunque no conozca el guion. Para hacerlo mejor, es esperar a que las cosas sucedan. O mejor, mucho mejor, aquí cabe el dicho aquel de que eres pobre porque así debe ser, no porque a alguien más le beneficie esa condición en el mayor número de personas sino porque quieres y así es de injusto el destino.

Pero como la realidad es muy perseverante y parece ser que nuestro destino no está escrito, nos muestra que las personas suelen cambiar con el tiempo, que sus dichos pueden ser diametralmente opuestos e incluso desdecirse de los mismos. Por lo cual el derecho al olvido se convierte en una realidad más que apremiante en la era de la información, pues nuestros dichos, comentarios y decisiones quedan grabadas para la posteridad y pueden ser, de hecho son utilizadas para atacar a una persona que en realidad ya no es la misma de antes.

Todo lo anterior es muy relevante sobre todo en época electoral, pues suele ser un recurso muy utilizado por los opositores. Frases como ya no se acuerda de lo que dijo el 3 de septiembre de dos mil y tantos (o cualquier fecha para el caso) es un arma que nos podría poner en alerta, pues hablaría de la incongruencia de ese personaje, cosa casi imperdonable en política y hasta en algunos aspectos de la vida. Empero, una persona no solo deja de tener con el tiempo las mismas opiniones, es más, quienes se sostienen en la misma por años y decenios son raros, además de que uno cambia en muchos aspectos de su vida que a veces se podría decir que algo pasó para que ya no sea el mismo de antes. Ya no somos, en muchos casos ni seremos las mismas personas que cometieron un error. Lo que el derecho al olvido genera es que las personas puedan rehacer su vida después de un error. Puedo ya no ser el mismo que cometió un error y, por desgracia, haber sido grabado haciendo tal. Peor todavía, la persona que cometió el error soy yo pero no puedo ser responsable de mis actos, pues no me encontraba en las mejores condiciones. Antes ello quedaba en el imaginario colectivo de quienes vivieron aquello y hasta terminaba como anécdota curiosa y llena de medias verdades que al paso de los días, y hasta de los años, cambiaba y se le agregan cosas para hacerlo más divertido o más heroico de lo que en realidad fue. Por desgracia eso ya es casi imposible pues casi cada persona cuenta con una máquina del tiempo, un celular, que no solo nos recordará lo que pasó, nos dirá exactamente lo que se hizo y sin posibilidad de negarlo, aumentarlo o disminuirlo.

Por supuesto que esto del derecho al olvido no se aplica a los crímenes. Esos no son errores. Pero a los dichos y a las opiniones sí. Utilizar lo que alguien decía acerca de cualquier tópico sin preguntar siquiera si la información con la que contaba era la misma con la que cuenta hoy, es poco menos que irresponsable y tiene el firme propósito de denostar a la persona en cuestión. No importa, pues, que las personas tengan derecho a pensar de otra forma con el curso del tiempo, lo que importa es que si te puedo golpear te golpeo y, para no quedar mal, utilizo tu dicho como si fuera una verdad absoluta.

Por supuesto que podemos cambiar de opinión de un tiempo a otro, pero también hay que preguntarse si algunas personas han cambiado de opinión de un día para otro o, por el contrario, al verse en una situación de desventaja optan por hacer como que cambian de opinión para seguir en lo mismo y nada más, como decían los abuelos, para despistar al enemigo. Es válido tratar de salvarse de un barco que se hunde, pero hacer creer que uno no es el que era de un día para otro es poco entendible. Aun así, merecemos el beneficio de la duda y la protección del derecho al olvido en lo que toca a nuestras opiniones y hasta los cambios de un partido a otro. Como decía el gran Eduardo Galeano, una persona puede cambiar de auto, de esposa, de partido político y hasta de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol.

@FilipoOcadiz

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