Crónica de un Grito

Así lo ví, así lo sentí

La llegada al zócalo de la Ciudad de México, para mi gusto, fue muy tarde. Arribamos desde la estación del metro Allende por Tacuba, porque la de Zócalo estaba cerrada. Eran casi las 7 de la noche cuando llegamos. Para esa hora todavía era posible caminar por los alrededores de la plancha. Claro, el colorido también era de admirarse. La gente, a diferencia de lo que dicen los despistados, estaba feliz. Se notaba la algarabía a cada paso. Muchos estaban al pendiente del festival que se desarrollaba desde horas antes. Otros se tomaban fotos con sombreros de ganso. Algunos más bailaban. Otros simplemente recorrían todo el lugar.

Tan solo diez minutos habíamos contemplado todo lo que se podía ver y tomamos rumbo hacia 20 de Noviembre. Solo se podía ver a personas sentadas por aquí y por allá. Algunos grabando y otros tomando fotos nos acompañaban en el trayecto. No tardamos mucho en darnos cuenta que había algunos huecos cerca del balcón presidencial y decidimos ir hacia allá.

Tal vez a unos 80 o 100 metros cuando más del balcón, nos apostamos. Se veían más las torres de transmisión y luces que habían colocado frente al lugar que el propio sitio, pero, vaya. habría que estar ahí. No tiene mucho caso advertir que dar dos o tres pasos a partir de ese punto ya era una hazaña. Así que nos sentamos en el piso allí mismo. Comenzaba la espera y la cuenta regresiva.

El sonido del festival de las culturas no era muy bueno, a decir verdad. Más bien, no estaba conectado a todas las bocinas que estaban en el lugar. Desde mi posición en el piso, no se escuchaba casi nada, salvo el murmullo de todos los presentes y un poco de la música que sonaba. Por cierto que solo alcanzaba a ver piernas yendo y viniendo.

Estábamos en una zona más o menos segura. Había muchas familias delante de nosotros que llevaban bancos plegables y, con ellos, habían hecho una especie de isla en la que, seguramente desde lejos, no se apreciaba que hubiera personas y llegaban por montones desde atrás a pedir permiso para llegar hasta ahí. Desde luego era imposible.

Exactamente a las 8 de la noche, como si se tratara de algo previsto, los que estaban sentados y hasta acostados frente a mí se levantaron y tuve que hacer lo mismo. Las personas comenzaron a agolparse por todos lados. Enfrente, atrás y a los lados tenía personas, niños, adultos y mayores, que cubrían cada centímetro del espacio disponible. Justo al levantarme, noté que hacía frío, pues soplaba una ligera brisa fresca que alcanzaba a llevarse el enorme calor humano y, por supuesto, después de estar sentado un rato entre todo mundo, ya tenía calor.

Hubo dos o tres vítores en este tiempo. El primero cuando prendieron las luces del balcón. El segundo cuando abrieron las puertas. El tercero, el que más aplausos tuvo, fue cuando alguien con cabello cano salió a poner el micrófono. También resonaban algunas porras. ¡Es un honor, estar con Obrador! ¡Presidente, Presidente! Se escucharon en el transcurso de las horas y desde distintos puntos de la plaza. Cuando sonaban a lo lejos, no quedaba más que repetir la arenga y en un momento todos los que nos encontrábamos cerca gritamos al menos tres veces eso. Otras, los gritos venían más cercanos y el griterío se prolongaba un poco más, hasta escuchar al resto de la plaza replicar aquello.

Así que, de las 8 a las 11 todo transcurrió penosamente lento, apenas pudiendo mover un poco el cuerpo para cambiar la posición y no terminar sin piernas. Levanté la mirada para intentar ver lo que se pudiera en las pantallas colocadas para el festival y así me entretuve. Pasadas las 10 los mariachis no callaron. Se dieron vuelo cantando todas esas melodías que nos llenan de fervor patrio cada vez que las escuchamos. Me encontré cantando a todo pulmón, Viva México, Cielito lindo, México, lindo y querido.

Al 10 para las 11, ahora sí, los mariachis callaron. Se hizo un silencio reverencial en todo el lugar. Apenas audible un murmullo que no se puede saber de dónde viene, el sigilo lo dominaba todo. No fue largo, pero tampoco corto. En eso, los tambores de guerra comenzaron a redoblar. Se escuchó a todo lo que daba una banda de guerra que lanzó sus primeras notas y, ante el asombro de todos los presentes, el silencio continuaba. Solo esperábamos el momento en que saliera nuestro Presidente.

Cuando los tambores dejaron de sonar, salió el presidente a su balcón y, en medio de una fuerte ovación, se soltó a decir: Mexicanas y Mexicanos…

Los vivas se sucedieron uno a uno. Coreamos 23. El último, ese último viva México lo sentí en el alma. Huelga decir que justo estoy cumpliendo 23 años de lucha para ver este momento y, bueno, sin tapujos lo digo, se me salieron muchas lágrimas al cantar el Himno Nacional que siguió a las loas. Tantos años de esfuerzo se han visto recompensados. Por primera vez en toda mi vida ciudadana, ganó el presidente por el cual voté y eso me llenó de orgullo.

LLegaron los fuegos de artificio y todo era asombro entre los asistentes. Bello espectáculo que iba al ritmo del Huapango de Moncayo y otras melodías muy mexicanas. Sin duda hermoso.

Cerramos la noche comiendo un tamal Oaxaqueño en la calle de Pino Suárez acompañado de un champurrado, ambos deliciosos. Tratando de averiguar si el metro seguía abierto y encaminandonos hacia los camiones que dejaban el centro repletos de todos los orgullosos asistentes a un evento apoteósico.

Al otro día, a eso de las 10 de la mañana, con la garganta cerrada y las piernas doloridas, me dispuse a ver el desfile y, desde luego, ver el Grito de Independencia, con lágrimas en los ojos de nueva cuenta. Escuchar en la trasmisión eso que también grité cuan fuerte se puede: ¡No estás solo, no estás solo! ¡Presidente, Presidente!

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