Conjunción Alcohólica

Por Miguel DeChela

Cualquiera tiene vecinos que a las primeras de cambio sacan el equipo de sonido y se ponen a vociferar su miseria existencial a ritmo de reguetón, narcocorridos o degradaciones chafísimas de la cumbia sonidera. No es que peque de persignado, buena parte de mis 60 años los he vivido en el reventón y hasta podría decirse que todo lo que hago y pretendo tiene cierto aroma a cuba libre y cerveza helada, aunque a veces me gana el azote. No se preocupen, no es uno de esos días. Pero una cosa es que traiga la fiesta por dentro y otra muy distinta que pretenda que el festival anidado en mi cabeza sea la norma común y corriente para ponerle banda sonora a los días y las noches de todo el vecindario.

Lo digo porque hasta acá se escuchan las ¿melodías? que hablan de las relaciones entre parejas, familias o compañeros de juerga o de trabajo ¡y hasta entre las mascotas!, que están inspiradas en los pasquines de nota roja más populares o en los canales porno caseros de bajísima definición.

La fiesta empezó el jueves, el domingo mal cocinó al lunes y la hecatombe auditiva a todo pulmón, a pesar de la pandemia. Si pasaste junto a la improvisada carpa y uno de los convidados andaba por ahí tirando el agua entre los carros, ni modo, tuviste que aguantar el chistorete:

Adiós mi máscara sagrada, te dijo, creo que por el tapabocas – ¿A poco no sabes que son puros cuentos del gobierno, pa’cobrar más impuestos?

Y tú, tratando de mantenerte digno, aprietas los puños, subiste al transporte público y cuando ves que la mitad de los pasajeros llevan el tapabocas de barbiquejo, tarareas “la vida no vale nada”. Entonces, como si viniera al caso, recuerdas que la semana pasada, a orillas de la carpa amanecieron dos morritos. Se quejaban. Una señora empezó a gritarnos al mismo tiempo que se las ingeniaba para tratar de incorporarlos.

¿Qué les pasó? Les quitaron los celulares, el dinero; la golpiza fue de pilón.

Ya tiene más de 20 años que la muerte nos acompaña con más fidelidad que nuestro ángel de la guarda; cuando no te asaltan, chocas o nomás te mueres de tantas enfermedades que te cargas. Por toda la cartografía de mi querida patria es lo mismo, desde las muertes colaterales hasta los enfrentamientos sin camuflajes, como si crear escenarios de fatalidad impostergable fuera la política del Estado asociado con las minorías más rapaces. Por cierto, tendré que jurar de nuevo que ya no voy a postergar la contradicción de estar a favor del cambio que recién comienza y este antojo que me cargo de fumarme un Marlboro, adornado con sus respectivo chesco y papitas fritas.

Pues bien resulta que para llegar a la estación terminal, mi radar empezó a enloquecer. Claramente escuchaba la misma tonadilla sangrienta que me despertó una y otra vez durante el fin de semana ¿Y si se me inoculó el virus grupero? Sería como vivir en semáforo rojo lo que me resta de vida.

Era una camioneta último modelo, esquivando el tráfico como en videojuegos. Aventaron 3 o 4 latas de cerveza por las ventanas, sus carcajadas sonaban a insulto. Recordé lo montones de basura junto a la carpa. El camión recolector se las llevaba en la mañana y por la tarde los montones resurgían como si nada. Una vez alcancé a escuchar entre el estallido de una botella en el pavimento: “¿Qué chou con los batos del camión recolector? ¿Ya se mocharon con la renta o les damos un susto?” Me largué en un santiamén ¿No que muy valiente?

Así las cosas, si esto llega a ser tedioso y desesperante en mi colonia, un suburbio pretencioso de los 70s, que ahora es uno más de los saldos colaterales de las políticas económicas que en México nos impuso ese matrimonio contra natura del PRI-PAN durante casi toda la etapa postrevolucionaria, qué puedes decir cuando esa atmósfera degradante y miserable es el único venero que nutre el discurso y la conducta con el que la oposición derechista pretende recuperar su papel protagónico en el desmantelamiento de la nación.

El microinfierno que para mí es habitual pero evitable para millones de compatriotas es una macrodesgracia puntual y cotidiana.

Es el precio que hemos tenido que pagar desde el salinato  hasta el despeñamadrismo. Y todo para que algunos figuraran en las listas de megamillonarios.

Claro, una cosa es suponer que el país es tu negocio particular y otra muy distinta que la ciudadanía que antes se la pasaba de convidado de palo a la hora del jolgorio, y de servicio subcontratado de composturas, mantenimiento, remodelación y financiamiento a la hora de pagar los gastos, ahora protagonice y defina la verbena y hasta decida el fondo musical de su preferencia. Pones al Buenavista, a The Cure, a Therion o a Natalia Lafourcade a un volumen decente y luego luego te acusan de comunista ¡Nos quieren expropiar el mal gusto! Gritan en sus consignas rodantes, nada que ver con los Stones, Ya una encopetada hasta puso un letrero en el parabrisas de su automóvil último modelo en una cartulina ¡en una cartulina! “No quiero que mis empleados me manden” ¿A dónde? preguntó el coro de la banda cábula.

En otros tiempos, por su grandeza o por la influencia de los medios masivos de comunicación, si jugabas futbol querías ser Pelé, Maradona o Messi; si tu onda era musical y leías un poco, pues a Lenon y McCartney, Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque ¿Dónde oí esto? 

Si la ciencia ya te había alejado de la palomilla pues querías ser como Einstein, Watson o Crick, Madame Curie, Hawking o si acaso como alguno de los personajes de The Big Bang Theory. No conocí, por suerte, a alguien con la aspiración de conducir Siempre en Domingo, 24 horas o algún remedo tragicómico, aunque muchos actores que frecuenté soñaban con servir aunque sea de relleno en el Señor de Los Cielos o de nalguita feliz con los payasos de la tele. Pues bien, esa aspiración, esos sueños de pertenencia,  resultarían dignos de la realeza hoy en día cuando todo un grupo social, bastante minoritario, pero con recursos económicos ilimitados, ha erigido a rango de santón ideológico y modelo a seguir por su lucidez y comportamiento achispado a ese filósofo de las multitudes neocristeras, conocido en tabernas, antros y congales como el tomandane borolas.

El Chupatodo es el santón idolatrado por la derechiza ¿Exagero? No hay en toda la diatriba cotidiana de la falange conservadora un segmento que no parezca sacado de los alegatos y ocurrencias ditirámbicas de una borrachera perpetua y de gorra. De lo que se trata es de acallar al otro, de hacer invisibles sus logros, como si el encierro de la cantina negara la luz exterior.

Los de la gavilla, se agrupan, coinciden en un tema y lo enredan, manipulan y tergiversan como si les fuera en ello ver quien paga la cuenta. Acusan, gimotean, gritan y se despeinan al estilo esquizoide de los lozano y similares ¿A poco nunca oíste al clásico hocicón que al talonearte un trago a chillido limpio alardea que él solito hace correr a veinte y se ha acostado con 40 o 41 y ha tenido más dinero que toda la lista de Forbes juntos? Y es que el taloneo y lo hocicón lo llevan tatuado en su ser como letra escarlata: desde el chalán más servicial hasta las muchachas sin uniforme, pasando por garroteros, guaruras, meseros, gerentes y los infaltable porra brava. El patrón ve el territorio nacional como si se tratara de un establecimiento más de sus giros negros y los chalanes se entregan en cuerpo y alma en hacer posible tal visión.

Conocí a un dueño de picaderos en la Zona Rosa, todos los que trabajaban para él pagaban por hacerlo, desde el mozo del estacionamiento hasta la diosa del tubo, desde el que atraía a la clientela <Esos, no quieren una morra, síganme> hasta el gerente <bienvenidos caballeros a esta su mansión del arte nudista> Al finalizar la jornada, más bien en un intermedio, se reunía el equipo a echar cuentas:

– tú trabajaste tantas horas, debes tanto, tú dos horas menos ¡Échale ganas, compa! Te voy a cobrar la jornada completa ¡ponte las pilas!

Aparte, toda la planta laboral, mediante el viejo esquema de la coperacha, tenían que reponer las botellas que se consumieron durante su turno, la comisión por alternar, así le llamaban, con la clientela; reponer lo roto, vasos, ceniceros, mesas, sillas, la alfombra que después de una noche loca parecía chapoteadero de tanta champaña y coñac que tiraban las muchachas.

La casa siempre ganaba

A fin de cuentas era un negocio particular y siempre hubo un alto funcionario que se hacía de la vista gorda cuando la cosa desbordaba al personal.

 ¿Pero por qué un país como el nuestro tiene que tratarse como un bule particular? ¿Por qué todos los habitantes tenemos que pagar con nuestro esfuerzo diario, y el de nuestros herederos, por el destrozo constante al que lo han sometido durante décadas de gobiernos que la única encomienda que cumplían a cabalidad era la de ser el chichifo de cabecera del saqueador en turno?

Para tu información aunque ni tú ni tus padres hayan consumido ni siquiera las sobras de la botana que estos administradores despilfarraron, la cuenta acumulada la tienen que pagar tú y los tuyos, durante generaciones ¡Y tú también, aunque tu molde sea único! Y tú, no importa que tu compadre te haya dicho: vamos a liquidar tus deudas si votas por el candidato. Y ni se te ocurra preguntarles ¿yo por qué? Te van a acusar de revoltoso y, Dios no lo quiera, de ¡POPULISTA!

El otro día llegó una patrulla a la carpa que les platicaba; los tiras se bajaron, entraron, tomaron y partieron. Esa es la imagen exacta de lo que la derecha quiere que sea el país y sus instituciones, una especie de guarura y lavadero, de socio, empleado y fiador y no esa madre sectaria que pretende incluir a todos sus hijos en los beneficios que su territorio genera.

De pronto todo adquiere la misma tonalidad blablablá.

Se supone que en  la 4T estamos por un México incluyente. Nuestros rivales pretenden retomar el poder para seguir de largo en su parranda gratuita y devastadora. Si ellos logran concretar sus ansias golpistas lo primero que harán será desaparecernos del mapa.

¿Será posible reinventar ese espació mítico que nos inspiraron los héroes que forjaron la patria y además inventar un espacio donde quepamos todos, incluidos nuestros rivales de estirpe canalla?

Se aceptan sugerencias

  1. Por un error exclusivo de mi falta de atención, incluí en el texto original una imagen donde aparece AMLO al lado de iconografía que podría sugerir cierta afinidad con los masones. La quité porque quité todas las imágenes en el texto nuevo. La discusión de una secta secreta ¡que todo mundo conoce! me parece intrascendente en lo colectivo. Si alguien sabe la neta del planeta sobre esa logia o sobre todos los hilos secretos que nos manipulan ¡Súper ! Cuándo quiera abrir los ojos a un mundo que es inasible a mi experiencia los buscaré para que me guíen en mi iniciación ritual. Por el momento mi ambición es más modesta: llegar a acuerdos para que ninguna intentona golpista nos sorprenda.

Por lo pronto quisiera culminar con la idea de que el alcoholismo imperante en el discurso del neofascismo felipón no puede rebatirse con argumentos puntuales y comprobables: Al intoxicado de fanatismo, en este caso un fanatismo etílico bastante convenenciero, no lo vas a convencer con razones ¿A poco alguien en su juicio te ha convencido de no aventarte esa maroma mortal cuando andas hasta atrás?

 

 

Foto: mundodeportivo.com

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