Así aprendí dos cosas

Un cuento a modo

Recuerdo, de niño, haber pasado por el Palacio de San Lázaro, allá por 1982 u 83. Mi papá iba conduciendo el auto que nos llevaría a la lejana tierra donde nació. Claro, mi mamá iba a un lado. Yo jugaba en la parte trasera de una camioneta Datsun de color azul. Por alguna extraña razón tuvimos que tomar una ruta diferente a la acostumbrada. Pero ahí estábamos, justo en medio de un enorme caos provocado por la hora pico del tráfico. Seguramente, además, era un día en el que hubo sesión en el congreso y como era costumbre, en aquellos días, los diputados eran algo así como príncipes y ocupaban todo el espacio disponible, para que ellos, sus guaruras y demás comitiva pudieran salir sin ser molestados por los demás automovilistas.

La verdad me quiero acordar si llevaba algún juego para entretenerme o si mi mamá jugó las veces de distractor y pacificador. Nada más no puedo. Me veo a mí mismo a los nueve o diez años haciendo hasta lo imposible para que esa agonía terminara. Ya no podía esperar más para ver a mis primos. Viven lejos y verlos es todo un acontecimiento para un niño. Miriadas de chamacos nos juntábamos a jugar de todo, bote pateado, escondidillas, encantados, andar en bicicleta, explorar los árboles cercanos, visitar la presa…

— ¡Muévete pendejo!– Era el grito de batalla más socorrido de mi papá

— ¡Ahí hay un lugar, ¿qué no ves? Pinche ciego!– Normalmente le seguía.

Claro, ninguno de los otros conductores parecía ver los gestos o escuchar los gritos de mi papá, porque, como es obvio, estaban ocupados dando sus propios gritos y haciendo ademanes con los brazos. Me viene a la mente haber visto a un conductor en el auto de al lado que, sino me falla la memoria, venía en volkswagen rojo, de esos que les dicen vochos, haciendo una seña rara. Bueno, nunca había visto a nadie haciendo lo que él hacía. Como todo buen niño le pregunté a mi mamá qué quería decir aquel ademán y, me dijo algo así más o menos:

–Es que le está mentando la madre al de enfrente…

Eso hubiera bastado hoy en día. Pero no. En aquellas épocas uno preguntaba el por qué de todas las cosas y, como todo buen niño, le pregunté: ¿qué es mentar la madre? Y la respuesta, hoy obvia, fue simple: es una grosería. Así aprendí que cerrar el puño y aventarlo hacia atrás era una grosería y además una de las buenas. Por supuesto, a la siguiente semana llamaron a mi madre a la escuela porque le había mentado la madre a otro niño.

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Seguramente presa del aburrimiento, comencé a observar los alrededores por las ventanas. Me podía pasar atrás, donde la ventana era grande, pero solo veía mentadas por aquí y por allá. No lo puedo asegurar así como así, pero más de una mentada seguro era dirigida a mi papá que, en realidad, ya hacía lo mismo con otros conductores de los lados. Un verdadero caos. Entre las bocinas que no paraban de sonar, algunos silbatazos de un par de policías que, según mi papá, estaban ahí “nada más para hacer más desmadre”. Ahí fue cuando vi un par de columnas que hasta a mí me parecían a medio terminar.

No podía ser de otra forma y ni tardo ni perezoso le pregunté a mi mamá qué eran esas columnas que se veían ahí. Esta vez ella no fue la que me contestó. Mi papá con un cambio en el tono de voz, un poco más calmado a pesar de todos los gritos y sombrerazos que había dado me dijo:

–Pues tenían que haber construido un puente para evitar este desmadre. Lo que pasa es que, como siempre, se robaron el dinero y dejaron la obra a medias. Ahí tirada. Y así como la ves, ya lleva años…–

Así fue como aprendí que la corrupción es capaz de dejarnos varados en un solo lugar por horas, sin poder avanzar o retroceder y en medio de bocinas que no se callan, gritos y mentadas de madre de todos los lugares imaginables. Ah, y que los policías nada más están para hacer más desmadre, como lo comprobé años después.

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